Antes que me lleven

Una helada que araña los huesos. Voces en la radio anuncian un invierno crudo, como la situación que vive el país. Es la única voz que he escuchado en 24 horas, a través de una ventana mal tapiada, por fuera. El antro, lleno de humedad, telarañas, madera podrida y vaya a saber qué otras porquerías. La luz tiene prácticamente vedada la entrada, así que me manejo a tientas. Me costó acostumbrarme al hedor del moho. Ojalá fuera todo un mal sueño. Tal vez mi ansiedad por la escritura fue lo que me permitió buscar, sin descanso y durante horas, algo con qué inmortalizar mi suplicio. Pésima selección de palabras, digamos: algo con qué registrar mi suplicio. Casi como si así lo quisiera el destino, me encontré pedazos de papel y un cacho de carbón; con ellos, a duras penas por la humedad, redacto estas líneas.

Me llevaron por error, la desgracia de tener un apellido tan vulgar. Un esbirro no escucha razones. No. Un lacayo sólo se limita a cumplir órdenes: pensar no está contemplado en el salario. No soy ingenuo, sé muy bien que lo que viene podría ser lo último que venga. No me hago esperanzas de un futuro fuera de estas cuatro paredes. Sin embargo, lo que me indigna es cómo la vendí, cómo me agarraron. El motivo por el que me apresaron fue demás estúpido. Un bobo error burocrático. Una mala lectura. ¡Lógico! Si estos bestias ni leer saben. Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y con un apellido equivocado, parece una mala pasada del hado, del rey de los chistes negros.

Dicen que la curiosidad mató al gato. Yo no estaba luchando contra nada, ni siquiera estaba seguro de qué estaba pasando. Podría haberme quedado observando desde la ventana. Pero no, tenía que ir a donde no me llamaron. Hubiera denunciado todo al día siguiente, al tiro y con lujo de detalles, tal vez hasta lograr que traspase las fronteras y tenga eco en otros pueblos. No obstante tenía que zambullirme en el medio de todo, para entender, para no ser un huevón más. Por mi osadía, me han zamarreado, porreado y pateado, hasta que se me apagó la tele. Lo que recuerdo luego de eso es, como ya decía, esta apestosa celda.

He oído muchas cosas sobre lo que pasa durante los trances que está sufriendo la patria. Entre ellas, que los detenidos a ser interrogados son torturados, ejecutados, o como dicen los captores, “desaparecidos”. Uno se repugna, se enoja, levanta el puño en el aire, pero no sabe realmente cómo es el asunto. Sólo se lo puede imaginar y horrorizarse. Nada más irónico que encontrarse con la realidad misma, vivirla en carne propia, para evacuar las dudas…

Dormí mal. Muy mal. Tengo tanta hambre que si hubiera algún animalucho a mano creo que lo correría a mordiscos. Soñé que nadaba en un pozo oscuro, lleno de podredumbre, hasta que oí unos disparos. Quiero creer que lo soñé. Los disparos fueron el punto de quiebre onírico: me despertaron en el medio de la noche. A lo largo de lo que me pareció una eternidad intenté escuchar, con atención, qué sucedía afuera. Nada, silencio. Entonces se me ocurrió empezar la búsqueda que dio origen a todo esto.

Yo solía dedicarme a escribir ¿saben? Así me ganaba la vida. Ahora, con estas bostas de herramientas, apenas si puedo redactar algo decente. Trato de releer lo que ya escribí y no puedo ni meditar al respecto, reflexionar. Sólo escribo y escribo, durante todo lo que me queda de papel, para distraerme un poco. Registro, léxico, gramática, se me mezcla todo. Me lagrimean los ojos intentando revisar lo que ya expuse. Estoy meta hablar pescás para paliar esta abominación de experiencia. Lo hago para no llorar a moco tendido. Pensar en lo que dejo atrás… no me lo puedo permitir. No me voy a desesperar. No les voy a dar el gusto. Prefiero enfrentar la dura con entereza, con un rictus soberbio, que con temor en los ojos. Si me van a matar, va a ser con fisonomía de estatua, no como un perro que no quiere que lo sacrifiquen.

Sé que no soy el único encerrado, pero afuera ya no se oye nada, ni la radio. Como si estuviera completamente sólo, como si me hubieran abandonado. Estoy a la guaite.

Escribo cada vez más lento, para que me dure el resto del papel, y de a ratos. Trato de mantener la calma. No dejarme llevar por el pánico. Pero la verdad es que no puedo dejar de pensar en el sueño, si fue o no fue real. Me engaño creyendo que eso importa. Ya no estoy tan tranquilo.

El frío que entra por las rendijas de las aberturas me cala hondo, cual guadaña cortándome la carne. Creo que percibo la llegada del Sol.

Pero también el sonido de botas bajando la escalera.

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