La banalidad de la palabra

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Las palabras pueden ser muy lindas. Si. Muy poéticas, muy fascinantes, muy divertidas, muy interesantes, muy encantadoras, muy halagadoras, muy lo que quieras, muy lo que deseás, muy muy.

Y sin embargo lo que realmente comunica está por encima de la palabra, o mejor dicho, por detrás, por debajo. Está oculto, es invisible a los oídos. Pero hace ruido eh, ¡ohhh qué estruendo que hace! Hace tanto pero tanto ruido que te deja vibrando, te atraviesa como una lanza, de lado a lado, te hiere, o te cura, o simplemente te desarma, te descoloca. Te disuelve o te desintegra. Es una imagen muda que una vez que la viste no la podés negar, no la podés olvidar. Esa fuerza no la tiene una palabra.

La pluma será más fuerte que la espada, mas es la mano que las mueve lo que tiene la fuerza, porque es la misma mano que alza la espada la que empuña la pluma y escribe. A fin de cuentas es la voluntad que se transubstancia en acción donde realmente reside la fuerza.

Ahhh pero cómo se ha perdido el valor de las acciones… hoy se valoran más un par de palabras “mágicas” que una puesta de manos a la obra. En la era de la industria de la autoayuda, la poesía y la prosa se han convertido en las putas de los que quieren oír cosas bonitas, que les agraden, que sean lo que quieren oír, que sean las palabras que los habiliten a decir “¡eso es para mí! ¡Ese soy yo!” La vanidad del imbécil, o mejor dicho, del que está imbecilizado. Se aprecia más un piropo vacío, una charlatanería sin finalidad, que una caricia sincera, dedicada. Se busca en el anonimato del placer sin sentir nada, un goce afín con la banalidad de las palabras tiradas al viento, desperdiciadas: un cheque sin fondos para el iluso que esté dispuesto a querer ir a cobrarlo. Y después ¿qué te queda? la sensación del hambre después del chocolate que así como entra, sale. Es la cultura del vaciamiento total, de los seres sin espíritu, carcasas patéticas que se refugian en la nada para no sentirse vulnerables, por miedo a sentirse vulnerables, ya que si nada te importa, nada tenés que perder ¿no?… No. O mejor dicho, si.

Pero ¿tiene la culpa la palabra? ¿La tiene el poeta, el escritor, el filósofo, el pensador? Hay quienes buscan mistificar, si, pero son los menos… la culpa, o más bien la responsabilidad del mal uso de la palabra, la tiene el que no sabe escuchar/leer. El que admite y permite ese ultraje, la violación de la esencia de la palabra. “La culpa no es del chancho sino del que le da de comer”. Y como bien dicen  “a buen entendedor, pocas palabras”. Cuando no quiere verse la realidad, que no necesita de las palabras para expresarse, la palabra es la guarida, el cubil perfecto para aislarse. Pobre palabra, pervertida por la cobardía…

El que corre detrás de las palabras, el que se deja seducir por la brujería del discurso interesado (o peor aún: del discurso sin razón de ser, revoleado por mero peso del azar), el que huye y se esconde entre las letras por miedo a encarar su realidad, su día a día, su verdad actual, de aquí y ahora, le falta el respeto a la palabra, comete el peor ultraje que se le puede aplicar a una palabra. La palabra está para generar un puente, para conectar, no para dispersar, para divagar, para cerrar el corazón y embriagar la mente. Qué falta de aprecio, qué abominación… por eso ya no se confía en las palabras. ¿Qué confianza se puede tener en la palabra, si tantos las malgastan y derrochan, y tantos otros las aceptan porque parecieran consolar más que los actos, los hechos? Es muy fácil acariciar con una palabra linda, con la adulación ¡pero qué difícil es tocar el alma con las manos, mirar a los ojos y llegar al espíritu! Tan fácil es decir alguna bobería bonita, la verdadera cursilería de las palabras grandilocuentes e intelectualoides sin ningún contenido, en lugar de sostener una mirada con firmeza, con altruismo, con amor sincero, con voluntad de hacer, con lealtad a lo que pasa dentro, con honestidad. Cuesta escuchar una realidad dura, y aún así más costoso es aceptar las obras que nos sacan de entre las quimeras y nos enfrentan no ya a emociones pasajeras, sino al desafío de los pensamientos y sentimientos que perduran en el tiempo, si es que tenemos el valor para portarlos.

La palabra tiene fuerza, si, pero no tiene esa fuerza. La que te hace repensar las cosas, la que te enfrenta a vos mismo, la que te hace abrir los ojos. Esa fuerza… esa fuerza no la tiene la palabra. La que sana definitivamente o hiere de gravedad. La fuerza de la acción, que silenciosa y sin pretensiones obra sobre uno; sin equívocos, sin justificaciones ni explicaciones, sin pedir permiso, sin mediar negociaciones, ni discursos, ni persuasión; la que te lleva puesto como un tren y te cambia para siempre, aún cuando no quieras aceptarlo, porque las palabras se olvidan, ahhh pero las emociones que genera la acción no, esas te quedan para siempre, por su propia fuerza, la fuerza de los actos. Esa fuerza que te deja vibrando, te atraviesa como una lanza, de lado a lado, te hiere, o te cura, o simplemente te desarma, te descoloca. Te disuelve o te desintegra. La misma fuerza que te puede reconstruir nuevo, mejor. Esa fuerza no la tiene una palabra.

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