‘La Pestilencia’


“¡Que olor!” -parecía decir quién me seguía en la cola, cansada de tener que ser paciente y tolerante. Si bien nadie asintió con la cabeza, casi todos se sentían identificados con esa expresión de intolerancia. El hedor era casi insoportable. Y tener que esperar durante horas en una cola, paraditos todos uno detrás del otro, no ayudaba.

Algunos se la arreglaban hablando por mensajes de texto, leían noticias en el celular, miraban el techo como abstraídos, o hasta habían pensado acertadamente en llevar una lectura larga, para practicar la paciencia inteligente. Sin embargo, la pudrición que abundaba en el ambiente era cada vez más fuerte, y se estaba volviendo contagiosa.

La secreción, sin duda alguna de las más desagradables que hay, era una sumatoria de muchas cosas que pueden perturbar hasta al más sereno. Visto desde fuera, como en una película, no parece tan grave y muchas veces uno comete el error de subestimar la situación. Pero como si uno estuviera dentro de la película (tomemos por ejemplo una de guerra), las cosas cambian cuando uno se siente identificado o ubicado dentro del contexto que observa, expuesto a esa realidad.

Esa secreción mental era análoga a la que se da en el ambiente de los campos después de la batalla, dónde se amontonan los cuerpos en plena putrefacción. La imagen, más elocuente imposible, era una metáfora perfecta: Si el montón de cuerpos inertes no se queman o entierran, es decir si no se renueva eso que ya caducó, comienza a emanar todo tipo de enfermedades y pestes que matarían hasta al más sano. La naturaleza es más sabia que cualquier catedrático de la Sorbona.

En un acto de abnegada valentía y preocupación por la humanidad cercana, respiré hondo mentalmente y me surgió necesidad de ponerme a pensar, a seleccionar recuerdos lo más estimulantes y conmovedores que pude. Recordé las tardes en la plaza, los viajes familiares, las sobremesas del almuerzo. Pero no fue suficiente para munirme de coraje; necesitaba artillería pesada. Entonces recordé aquella vez en que se quedó en silencio y aguantó con la más noble altura las barbaridades que dije, reviví las palabras que alguna vez me dijo y la actitud con la que me rescató de cometer un yerro que podría haber comprometido el resto de mi vida, recordé el accidente del 2011 y cómo me cuidó, sin reclamos, sin regaños, sólo con humildad y sentimiento puro de unidad.

No eran palabras lo que estaba necesitando. Resucitar acertadamente esas vivencias me hizo despertar por dentro y encontrar la postura que necesitaba para decir las palabras que ya tenía, y que aún no sabía como transmitir.

Con una sonrisa de oreja a oreja, me incliné sobre su oído y le dije “¿te acordás de aquella vez que nos miramos en el viaje del 2012, y nos encontramos?”. El semblante le cambió instantáneamente: El ceño me dijo que estaba tratando de recordar. Cuando pudo limpiar de porquerías su mente y reconstruir la imagen, su rostro se relajó; sus ojos se achinaron. “¿Te acordás lo que te dije cuando volvíamos en la camioneta, en la ruta?”. Me miró… le sonreí. Me correspondió con la misma expresión. El descontento se esfumó, y las quejas dejaron de tener combustible. Volvió el aroma de la paz al recinto.

¡Tan fácil era modificar la postura! Y yo buscando mil palabras para motivar el cambio… que tontos que somos a veces ¿no? Que pensamos que una palabra va a hacer lo que le corresponde a un sentimiento, ubicarnos para ayudar a corregir un error sin molestar.

Cuando nos íbamos, miré hacia atrás y allí estaba la señora que nos seguía en la cola. Puso esa expresión de bulldog que uno toma cuando admira, y me asintió lentamente con la cabeza. Otra enseñanza de esas que te da la vida: Uno nunca sabe a quiénes beneficia cuando obra bien.

Que tengan un buen día,
Nekrocow

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2 respuestas a ‘La Pestilencia’

  1. LaDul dijo:

    Muy lindo este post Manu, pensaba en la cantidad de veces que uno responde a esa necesidad interna y natural de hacer el bien, y hace caridad barata o superficial… cuando en realidad hay bienes que uno puede compartir con otros seres que no se cotiza en monedas.

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