El Rubí

Transcribo a continuación el cuento “El Rubí”, del libro Intermedio Logosófico (1950), de C. B. González Pecotche:

Fué en 1918. En ese entonces, un grupo de personas albergábase en un hotel situado entre sierras, disfrutando de animadas vacaciones. Entre los alegres turistas había un hombre de ciencia de origen helvético, interesado por la variedad de minerales y de piedras existentes en la zona.

Una noche, mientras cenaban, anunció que a la mañana siguiente recorrería las canteras vecinas al lugar en busca de algún rubí que, suponía, podría hallarse allí, como lo denota­ban ciertas segregaciones características, cuya naturaleza apro­ximábase bastante a las que suelen recubrir a aquellas piedras preciosas. Los comensales acogieron con vivo entusiasmo y grandes muestras de placer lo anunciado, formulándose todos el propósito de trasladarse a los lugares indicados, en busca de rubíes.

Al día siguiente, como era su costumbre, el hombre de ciencia partió antes de salir el sol y, ya en las canteras, se detuvo a examinar detenidamente, una y otra vez, ésta y aque­lla grieta, a golpear aquí y allá, en varios puntos, hasta que, finalmente, comenzó a perforar con sus picos y barrenos los bloques calcáreos.

Varias horas después comenzaron a llegar los demás participantes de la búsqueda, los cuales, distribuyéndose al azar, procuraban partir a golpes, menudos promontorios de calizas, deseosos todos de dar con la luciente y roja piedra. A altas voces comentaban cuanto habían imaginado hacer con ella, en caso de encontrarla.

Duró la empresa varios días, al cabo de los cuales el hombre de ciencia anunció, con gran júbilo, que habia dado con el rubí. Lo exhibió recubierto aún de pequeñas capas calcáreas, decoradas con minerales de oscuro verdemar.

Luego de festejar lo que todos llamaron la “suerte del suizo”, cada cual expresó su pesadumbre por no haber sido él el feliz poseedor del precioso mineral.

Alguien, que había permanecido observando con atención la escena, acercóse a los circunstantes y les dijo:

-El señor es geólogo; a él, pues, correspondía hallarlo, en virtud de sus conocimientos. En posesión de los mismos, le ha sido fácil seguir el curso de las vetas hasta dar con la piedra codiciada. La halló porque no la buscó al azar. La verdad es que todo tiene su razón de ser y, debido a ello, las cosas no acontecen por casualidad. De tal modo, a quien posee co­nocimientos geológicos, por ejemplo, ha de serle más fácil descubrir la ubicación de un mineral que a quien no los posee.

Como todos escuchaban con gran atención las reflexiones del ocasional expositor, éste, tras breve pausa, prosiguió:

-Lo mismo ocurre en todos los dominios del saber. Quien tiene un conocimiento puede, por medio de él, descubrir otros conocimientos, y aquel que en mayor número los tenga, por la fuerza misma que emana del saber, atraerá hacia los dominios de su capacidad todo cuanto se proponga. En el presente caso, el conocimiento geológico ha ejercido las veces de imán, el cual, aplicado al objeto de la búsqueda, lo atrajo sin mayor dificul­tad. De este modo, oculto el rubí en las entrañas de estas rocas, pronto vió la luz en manos de su legítimo dueño, esto es, de aquel que lo puso al descubierto por medio del conocimiento.

Mas no para aquí la cosa – continuó diciendo -, pues la mente de todos vosotros sólo concibió la imagen de un rubí pulido y facetado, reverberando policromados tonos, cuyas lu­ces excitaron la codicia y cegaron vuestro entendimiento. El geólogo sabía, en cambio, que lo habría de hallar disimulado entre oscuros envoltorios. Y si alguien lo hubiera tomado un instante entre sus manos, sería para arrojarlo de inmediato, como se arrojan tantas otras piedras que con similar aparien­cia abundan en el lugar.

_________

Se desprende del relato que, cuando se va en pos de algo y en su búsqueda se invierten tiempo y energías, es preciso el auxilio del conocimiento para no relegar el intento al azar. Todo obedece a causas y a leyes de las que no es posible pres­cindir, siendo lógico pensar que, a mayor conocimiento, ma­yores probabilidades de éxito habrá en cada empresa. El que busca a tientas nunca hallará lo que se ha propuesto, y si por casualidad tropieza con su objeto, o no percibe la oculta reali­dad de su existencia o lo aparta de su lado ignorando el valor que entraña su aparente fisonomía.

¡Cuántos tesoros se encontrarán ocultos en el propio mundo interno, esperando que afilemos la inteligencia para poder desenterrarlos y disfrutarlos!

Que tengan un buen día
Nekrocow

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