La Humildad como símbolo de Grandeza de Alma

Hoy traigo a colación un concepto bastardeado hasta el hartazgo por la cultura actual, dónde muchas cosas están confundidas, tergiversadas o a veces hasta revertidas. Es un concepto muy, muy grande, cuyo grado de conquista define hasta dónde llegó en su existencia completa un ser humano.

Actualmente estoy intentando practicar un recurso de humildad, recomendado por el autor del artículo que transcribo más adelante, que consiste en pensar que uno puede estar equivocado aunque considere que está en lo cierto, ya que así se abren los oídos a lo que otros tienen para decir sobre un mismo tema. Claro que en cada uno está la capacidad de discernir si eso que se está escuchando es útil para la propia vida o no, porque no es cuestión de ser dócil a todo lo que uno oye y dejar entrar pensamientos destructivos en la mente…

Volviendo al tema que nos convoca hoy, transcribo el artículo ya mencionado, que los lectores sabrán valorar en justa medida. El mismo es del año 1943, del pensador argentino Carlos Bernardo González Pecotche:

Concepción logosófica de las palabras
Acepción del vocablo HUMILDAD

Humildad. – Virtud cristiana que consiste en el conocimiento de nuestra bajeza y miseria, y obrar conforme a él. Acto de anonadarse uno an­te Dios o de considerarse uno inferior o de menos mérito ante los hombres. Bajeza de nacimiento o de cualquier otra especie. Sumisión, rendimiento. Humildad de garabato: es la humildad falsa y afectada. Teoría ascética: La humildad Proviene del conocimiento de nuestra posición real frente a Dios, de que nada valemos y de que todo pro­viene de El. Con respecto a la sociedad, es el conocimiento real de lo que le debemos a la misma respecto a nuestra formación mo­ral, científica, social y religiosa. – Ascética cris­tiana: Base y fundamento de todas las virtudes, porque sabiendo en verdad cuánto se vale, no se edificará sobre el error y la falsedad. Bajo este concepto, no puede confundirse con el pesimismo. Significa ser libre de las exageraciones del orgu­llo y por lo tanto favorece el desenvolvimiento normal de nuestras facultades y aptitudes y nos habilita para corregir nuestras deficiencias. La humildad lleva como distintivo la modestia y la flexibilidad (no volubilidad) del juicio propio. El verdadero humilde huye del fausto aparato exte­rior, es condescendiente hacia su prójimo. Tiene cierta desconfianza en su propio juicio y busca consejo del prudente y sabio. – Dicc. Enciclop. Espasa-Calpe.

Vamos a desarrollar en este estudio, el contenido de la pa­labra humildad. En él se podrá apreciar de inmediato cómo el concepto logosófico difiere casi en absoluto del que se tiene co­rrientemente, y aunque en algunos aspectos pareciera coincidir con la opinión más familiar al entendimiento humano, en su des­cripción y en su fondo podrá apreciarse a la vez, al substanciar­se en el análisis, una pronunciada diferencia.

La humildad, en su esencia, encierra grandeza; nos referi­mos a la verdadera humildad; no a la falsa, la hipócrita. Es una virtud que habla de las altas calidades del espíritu y, como tal, se pronuncia como condición del carácter. Es natural, jamás fin­gida. Se manifiesta espontáneamente en las personas, con pure­za en el sentir y en el pensar. No busca el elogio, como bien se descubre en la intención de quien aparenta tener esa virtud y la ostenta, especulando con la bondad del semejante. La verda­dera humildad recoge al ser dentro de sí mismo, permitiéndole presentarse sin pliegues, sin dobleces: naturalmente. Todo lo contrario de la falsa, que encubre vanidad y soberbia, exteriori­zándose aun con ironía en tanto se hacen protestas de humildad.

La humildad propiamente dicha, encierra, como dijimos, grandeza, porque resiste hasta la más cruda ofensa y se manifiesta de múltiples modos, denunciando siempre una cultura ele­vada. Ella dota al ser de una condición natural de afabilidad y cortesía; engendra la benignidad, la tolerancia y la buena disposición para conciliar los temperamentos. La falsa humildad es egoísta, y, en su fondo, es una expresión de usura y de enga­ño. Semeja al jugador que lleva el naipe escondido en el puño para sorprender a los que juegan con él y ganarles con des­honestidad.

Ser humilde, en la pureza del sentido, es ser un alma gran­de; pero es necesario saber ser humilde. Tal condición de carác­ter o cualidad del espíritu, implica poseer una amplia compren­sión de las cosas, un amplio discernimiento, un juicio sereno y una valentía moral a toda prueba.

Existe un tipo psicológico de seres, que ilustra acerca de lo que comúnmente se ha dado en llamar humildad para lucro per­sonal. Estos seres se presentan, por lo general, con apariencia de víctimas a quienes se lesiona con toda clase de injusticias; y mientras dejan entrever una conducta sumisa dando la impre­sión de ser personas buenas, escudriñan el efecto que producen en el ánimo de aquellos con quienes tratan habitualmente. Si des­aparece un objeto, sea o no de valor, y es encontrado en la car­tera de ellos, tendremos ahí las víctimas de alguien que ha querido dañarles haciéndolos aparecer como ladrones. Si son descubiertos sus embustes, vendrán las protestas de inocencia para significar que no existió la intención atribuida. La simulación es su cualidad sobresaliente : cultivan una amistad para luego promover cuestiones en las que siempre buscan se les considere como injustamente tratados.

He ahí el gran valor que la Logosofía asigna al saber frente a la ignorancia, puesto que conociendo el contenido substancial de un concepto o de una palabra, se puede en todo momento ac­tuar con seguridad de juicio o reflexión, preservándose así de la sutileza y el engaño. Bien claro puede apreciarse también, cuán grande es la diferencia que existe entre la elevación de quien cultiva la verdad, y la bajeza de quien opta por lo falso.

Es un error creer que la humildad y la pobreza son una misma cosa, y aun confundirlas, pues esta última es muchas veces motivo de revelación y de rencor. No es, precisamente, un gesto de humildad, el desprecio y encono con que muchos pobres mi­ran no ya a los ricos, sino a los que gozan de una posición más o ajenos holgada, como tampoco lo es el de aquellos ricos cuya vanidad y soberbia les hace menospreciar al de inferior con­dición.

La humildad surge con el discernimiento, y es el saber lo que la instituye en condición superior. Esto no quiere decir que no existan excepciones y se encuentren personas de reconocida bondad entre las que poco o nada han cultivado sus inteligen­cias; pero lo cierto es que en el primer caso se obra conscientemente con humildad, mientras que en el segundo, bajo el impe­rio de la habitualidad innata o formas inconscientes de manifes­tación del carácter.

Las grandes figuras de la Historia fueron tanto más humildes cuanto más grande era su prestigio.

Por último, si la soberbia, que es la antítesis, enceguece, la humildad vigoriza la visión y permite con ventajas marchar por el camino del bien.

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